
Bajé tranquilamente las escaleras y me enfrento a la primera reja. Está cerrada. Busco al guardián del edificio para que abra la puerta pero por allí ni su sombra. Trato de manipular la reja, empujando y jalando, pero nada, no se abría. Atino a mover una pequeña perilla ubicada en la chapa inferior, tapada con varios retazos de gutapercha negra, hasta que escucho un ¡CLACK! Empujo y jalo, pero nada, la reja no cedía. Subo por las escaleras y le toco el timbre a María Inés para que me abra desde el portero eléctrico, y le adelanto que había movido esa perilla escondida entre las gutaperchas. Me mira con cara chueca pero me dice que ya me abre. Bajo nuevamente las escaleras, y frente a la reja escucho el sonido eléctrico del intercomunicador, empujo y jalo, pero nada. María Inés baja para cerciorarse de la situación y luego sube rápidamente a intentar buscar solución. En ese momento, frente a la segunda reja se asoma un joven con una bolsa con 3 limones en una mano y con su manojo de llaves en la otra, abre la reja, y se enfrenta a la primera reja (para mí la primera, para él la segunda). Con una llave trata de abrirla pero sólo podía abrir la chapa superior, no la que estaba trancada. Para este momento yo recién me percataba de un papel que decía con letras fosforescentes “NO TOCAR” y una flecha que indicaba los retazos de gutapercha. El joven de los limones me pregunta: -“¿no hay allí un cartel que dice no tocar?” -“sí le digo, sí hay un cartel que dice no tocar” (y que quería que haga, ya había bloqueado la reja, demasiado tarde ya). En ese momento baja Eugenia, que también quería salir, y se sienta en una banquita que había al costado de la entrada al percatarse de la situación. Un segundo después llega Pamela, queriendo entrar al edificio, y dándose con la sorpresa de que por el momento eso no era posible. Mientras tanto, María Inés se encontraba tocándole la puerta a todos los vecinos en busca de una llave que pudiera abrir la bendita cerradura con gutapercha de la primera reja, o en su defecto un control remoto para poder salir/entrar por el garaje (yo ya había tratado de abrir algunas de las 3 puertas del garaje pero sin suerte alguna), pero al parecer el edificio se encontraba vacío. De pronto llega un patita en su moto, se saluda con Pamela y le pregunta que qué pasaba. -“Nada, vengo donde Esteban, mi psicólogo, ¿y tú?” -“Nada, yo vivo al costado, pero alquilo una cochera acá para mi moto” -“Ah! ¿Y tienes llave?” -“No” -“¿Y control remoto?” -“Tampoco”. En ese momento salió Esteban de su consultorio, que para mí sorpresa, era un amigo del colegio que no veía hace años. De pronto, la paz del “hall” de ingreso de aquel tranquilo edificio barranquino se había convertido en una aglomeración de gente tratando de entrar y salir, cada uno con un motivo diferente. Lo único que le faltaba a la escena era que se asome por allí un sereno en bicicleta y un heladero. Esteban entra en escena y comienza a hacer llamadas, mientras María Inés seguía buscando a los vecinos (hasta el momento inexistentes). Eugenia seguía sentada en la banca. Pamela y el chico de la moto conversando, poniéndose al día. El joven de los limones yendo y viniendo. Yo, el causante y gestor de toda la trama, esbozando una sonrisa, pero también con semblante de interés, no había mucho que pudiera hacer, ya había comprobado que no había forma de salir por el momento hasta que alguien llegase con una llave (con la llave) o con un control remoto del garaje. De pronto, el joven de los limones, en un rapto de lucidez dice: “creo que tengo una idea” “Yo tengo un control remoto en mi departamento, les puedo pasar la llave y alguien entra y lo busca”. La persona indicada para tan delicada tarea era sin duda Esteban, quien en pocos segundos, tal vez minutos, logró traer el control y abrir uno de los portones del garaje. Fue un momento mágico, de alivio, de liberación. Me despido de María Inés. Hago lo propio con Esteban, y salgo casi agazapado y raudo por el garaje, sin volver la mirada, simplemente sintiendo el flujo de humanos que se entrelazaba desde afuera hacia adentro y de adentro hacia afuera, del que alguna vez fue un pacífico “hall” de edificio, dejando atrás la primera, o segunda, reja caprichosa.


















La última vez que fui al oculista fue ya hace algunos años. El motivo de consulta era que no veía bien, así que quería que me mida la vista, que me diga cuanto me había subido la medida y que me dé una receta para mandarme a hacer nuevas lunas. Pasé por todos los procedimientos clásicos de revisión de la vista. Primero una maquina totalmente computarizada donde pones el mentón sobre un montón de papeles desglosables. Luego otra máquina que te sopla directamente a la pupila y que supuestamente te mide la presión del ojo. Después la típica revisión con la linternita apuntando directamente al ojo mientras que con una tabletita de algún laboratorio farmacéutico te tapan el otro ojo. Hasta que al final te toca subirte a la vedette de los oculistas. Al gran trono. Este aparatoso sillón que cuenta con un brazo móvil con unos tremendos lentes que parecen sacados de alguna película de ciencia ficción de los años 50´s. Al parecer este aparato tiene todas las combinaciones posibles de lentes, para poder sacar miopía, astigmatismo, el ángulo, estrabismo, dislexia, daltonismo (del popular Jack Dalton), el color del iris, tu mirada interna, etc, etc, etc. Y todo esto es para alardear del famoso cartelito con la “E” grandota y con las demás letras que se van haciendo chiquitas hasta que ya no lees ni mierda. La cosa es que sentado allí te van cambiando las lentes y te van preguntando: - “como ves mejor ¿allí o allí?” allí. –“¿allí o allí?” allí. –“¿seguro?” si. - “como ves mejor ¿allí o allí?” allí. –“¿allí o allí?” allí. –“¿seguro?” si. –“¿allí o allí?” allí. –“¿seguro?” no. “como ves mejor ¿allí o allí?” allí. Y así te puedes pasar un buen rato, sin contar las veces que se empañan las lentes por el sudor producido por la ansiedad de tener que decidir cómo ves mejor. Al final te dice: “bueno esta es tu medida, ¿ves bien así? ¿Seguro? Ja ja ja. Yo nunca estaba seguro, y siempre le decía, creo que si, como para deslindar responsabilidad ja ja ja.









